
A pasado un día desde la llegada. Como todos los sábados, mi abuela irá al templo adventista para escuchar el culto, el agua helada aún no me es indiferente cuando toca mi cara, mis dientes contrastan su incomodidad con el placer de mi lengua al tocar el agua dulcísima. Luego de un viaje en la maletera de un station wagon junto a una oveja que esperaba la muerte al llegar al mercado, llegamos a Jauja, con un sol quemante en pleno invierno serrano.
Pasé la tarde con mis abuelos hasta las 3pm. Supuestamente mi amigo de una ONG limeña llegaría a las 5, pero los huaicos lo retrasaron. "¿Te vas a encontrar con tus amigos?", preguntan mis abuelitos, que le temen a la ciudad de Huancayo,a donde iré. "Sí", respondo. Luego de encargarle a mi primo que me acompañe, nos despedimos en la glorieta del puente de Jauja. Los pasos que dan hacia el paradero a Pacapaccha han cambiado en los últimos años, ahora las subidas son más empinadas y las distancias más largas que antes para ellos.
Las nubes negras han rodeado al sol que sigue quemando, el viejo sombrero desteñido de mi padre protege mi cara. Lucho llegó a mi casa al día siguiente de mi llegada a Pacapaccha, es el secretario del consejo (las personas con las que quería hablar) y hoy fue al culto adventista. No sé si desde que asiste es que ha recuperado un mejor semblante, es el mejor criador de cuyes del pueblo y participa con entusiasmo en los procesos políticos. Es de eso de lo que hablamos cuando estamos aquí, caminando por las calles del Jr. Junín lleno de comerciantes ofreciendo sus productos bajo toldos de plástico azul.
- Vamos a ver las noticias - dice Lucho acercándose a los periódicos colgados en uno de los lados de la plaza de armas de Jauja.

En medio del día soleado, un repentino viento empuja las primeras gotas de lluvia que empiezan a caer suavemente sobre la calle. Más fuerte, más. Un aguacero. La luz del cielo dejó de ser intensa y las gente corre, abre sus paraguas y otros no hacen nada, acostumbrados a las lluvias de febrero en Jauja. Lucho y Yo corremos hacia la glorieta de la plaza, mi sombrero me protege en algo, el viento amenaza con llevárselo. Una vez guarecidos, esperamos a que pase la lluvia.
Pasado unos minutos, se oyen las pisadas sobre los charcos de agua de una señora pequeñita y de mirada perdida entre las arrugas de su rostro. Lleva un quipi gris (en la que envuelve sus cosas para cargarlas a su espalda) que cubre su camiseta sucia de la selección de fútbol alemana, normalmente las ushcatas con los que se hacen los quipis son mantas de colores impresionantes y muy alegres. Una vez en la glorieta, se saca el paquete pesadamente y lo deja en el piso con dificultad junto a una pequeña corriente de agua que se ha formado. Ayudamos a poner el paquete en un lugar seguro.
Dos señoras ayacuchanas llegan a guarecerse hablando en quechua. Al rato ellas conversan en quechua con la señora, parecen preguntarle cosas. La señora rompe en llanto repentinamente, ellas tratan de calmarla. Finalmente, le dan un sol y la señora les agradece en quechua secándose las lágrimas.
Pasan unos minutos. La gente llega a refugiarse y se va en medio de la lluvia. En medio de todo este movimiento, la señora es como una pequeña estatua parada en medio de la glorieta de la plaza de armas de Jauja. De pronto voltea, como si se diera cuenta de que la observo, y viene hacia mí.
- Dame un sol papi - me dice con una sonrisa.
El pedido tan directo no me da opción a saber qué decir.
- ¿Eres de ayacucho? – me dice
- No tía, soy de Pacapaccha
- Ah, es que pensé por tu bolsa que dice ayacucho
- ¿Tú de dónde eres mamita? - le pregunto
- De Paca papi, dame un solcito pues
La lluvia no ha mermado en nada, continúa a chorros suaves y constantes.
- Tendrás tu chacra, tus pachitos tía
- Sí, tengo unos cuantos... ¿tú con quién vives?
- Con mis abuelos
- ¿Los dos viven? Qué suerte tienes papi... eso debe ser porque se han alimentado bien. Si no te alimentas envejeces rápido como yo... ¿Cuántos años tienen?
- 79
- Waaaaa... ya mayor
La conversación es amistosa y alegre. Pero luego de esa respuesta, la señora vira la mirada un momento hacia afuera de la glorieta, como mirando la lluvia, cada gota que golpea las tejas de la glorieta. Voltea nuevamente y me mira como si hubiera pasado mucho tiempo en ese instante, se le ve cansada.
- ¿Tú crees que yo llegue a esa edad?
- ¿Cuántos años tienes tía?
- 69... qué te parece, ¿crees que estoy bien o me veo vieja?
- No tía, yo creo que te ves más joven
- ¿Tú no tienes hijos?¿señora?
- No tía - respondo con un poco de gracia
- Mejor es estar solo por un lado
- ¿Por qué tía?
- Para no sufrir
- Hay que buscar una buena mujer tía
- Sí pues papito, tienes que buscarte, si es sacavueltera te va a hacer sufrir, tiene que ser buena
- ¿Tú por qué te quedaste soltera tía?
La mirada vira nuevamente, al parecer ya no a la glorieta, sino al horizonte que no se ve detrás de los cerros.
- De chiquita yo vi de chiquita cómo mi papá le hacía sufrir a mi mamá, yo no quería sufrir como ella. A mí me buscaban de jovencita, pero yo no le hacía caso a ningunos, llorando me rogaban pero yo nada. A mí me han querido pero yo no he querido a nadie.
- ¿No te gustó ninguno?
- No, más bien yo le gustaba a muchos y les hacía sufrir; supongo que por eso ahora yo lloro lo que les hice llorar. Por eso no tengo ni hijos ni padres, ni nada.
Su rostro no expresaba el dolor que se muestra a flor de piel cuando las desgracias acaban de ocurrir, esa historia no parece recorrer más la piel y los recuerdos arrugados de esta señora que me regala esta historia con tanta soltura.
Mi primo, que había estado presenciando todo, me avisa que la lluvia ya ha desminuído.
- Ya vamos, ya está bajando la lluvia
- Sí, ya vamos - respondo
Le doy ochenta céntimos a la señora - era todo lo que podía darle en ese momento - y nos despedimos. Al acercarme ella me estira la mano, yo le doy un beso. Mi primo le da la mano y nos vamos.
- Ya papito, muchas gracias, mucha suerte papito. Yo también en un rato me iré – me dice con la boca temblante y un pequeño halo de luz en su retina.
Me alejo a paso ligero sintiendo las caricias heladas de la lluvia. Nos refugiamos en una bodega para llamar de un teléfono público. Al salir, veo hacia donde estaba la señora. Ya no había nadie, el lugar donde estaba es solamente una espacio vacío en el que la lluvia sigue cayendo. Otras personas llegan a guarecerse o simplemente caminan ignorando la lluvia. La señora es ignorada como la lluvia, pienso mientras busco esa pequeña silueta encorvada y triste que vaga mendigando por las calles de Jauja.
