lunes 5 de octubre de 2009

El señor Eustaquio en busca de perdón II




Pacapaccha vio un amanecer con rocío cayendo lentamente por las hojas que parecen sonreir y un sol que despierta al chihuaco (zorzal en castellano) y su canto de fin de lluvia. "Churi chuwi, más peor", decían los viejos, dándole cómica humanidad al ave. Los abuelos se dan un tiempo para observar la mañana antes de empezar con su rutina, recuerdan y hablan en quechua. El río suena arrullando las historias y el paisaje de incontables tonalidades de verde.

"Pichqacumayo", catarata de Pacapaccha cuyo sempiterno sonido cuenta la historia de tres muertes y la tradición fúnebre de llevar a lavar ahí la ropa de los muertos (o "finados", como los llaman ahí) a los cinco días de su muerte: el pichqacu. Es una hermosa caída de agua que en este día contará la historia del bautismo del señor Eustaquio.

La mañana en la cocina a leña es un poco más agitada que de costumbre. Juana acordó recibir a los asistentes al bautismo con algo de comida. Mete las ramas de eucalipto y los rajados para que el fuego sea parejo; gira todo dentro de la olla, prueba, agrega sal. Tomamos desayuno y comenta que el señor Eustaquio vendrá en carro y verán cómo llevarlo hasta Pichqacumayo. Juana y Guillermo se miran los rostros silenciosos.

"Dice el pastor no llega todavía, cómo pues lo van traer al Eustaquio". Dice Juana atisando el fuego en la vicharra, cuando suena el zaguán con insistencia y Guillermo va a abrir a paso lento. Es la hija de Eustaquio con una olla de tallarines algo secos y calientes.

- Estito pues comerán Juana
- Ya pues, pero acá hay más comida, con eso basta
- Acá también tengo arbejita

La hija de Eustaquio sale hacia la calle apurada. Un poco más tranquila, Juana se sienta a desayunar. A través de las ventanas algo empolvadas, vemos que comienzan a caer las primeras gotas de lluvia.

- Uy, parece que va a llover - dice Guillermo
- Más temprano van venir, les estoy diciendo. El diablo seguro esta diciendo 'a ver cómo haces ahora pues, para bauizarte' - dice Juana.

La lluvia no paró de golpear las ventanas de la cocina donde se encontraban, y no paró hasta varias horas después del almuerzo, que es a la una de la tarde. Guillermo se llevó a pastar a los carneros, plástico en mano para que la lluvia no lo mojara. Sus botas de jebe surcaron los charcos marrones hasta que Guillermo se perdió en entre los árboles.



El río estaba cargado y marrón, arrastraba ramas y lo que encontrara a su paso. Guillermo pensaba en la vida que había pasado subiendo y bajando esa quebrada para llegar al río, más setenta años habían pasado ya. Un carnero baló.

El señor Eustaquio fue recibido en la plaza de Pacapaccha, en plena lluvia. Determinado, se paró sobre sus dos muletas y comenzó su marcha hacia la catarata de Pichqacumayo rodeado de sus familiares, quienes cuidaban que no caiga al piso. Un golpe, dos, retumbaban pesadamente sobre el barro que los acompañantes trataban de pasar con mucho cuidado, sin ensuciarse mucho.

Media hora después, 70 metros de camino lodozo y piedras resbalozas habían quedado atrás. Eustaquio vio el agua marrón caer con furia en el pozo natural que se formaba en medio del cerro. Pensó en las historias de los abuelos cuando lavaban la ropa de los muertos ("Aquí comenzará mi nueva vida al lado del señor", pensó). Esto lo impulsó a llegar.

Mientras el pastor y los demás creyentes llegaban al lugar, Eustaquio miraba Pichqacumayo pensativo. De pronto, hubo una carcajada y que se fue esparciendo. El pastor trataba de levantarse inútilmente del barro, cayendo de nuevo y tratando de pararse.

En la casa, Juana miraba la lluvia estrellarse en la ventana. Guillermo miraba las ovejas morder el pasto y refugiarse de la lluvia bajo los paqtis crecidos.

De pronto, como la llegada de la lluvia, sonó el zaguán. "Tía, soy yo", gritó la hija de Eustaquio. Como una versión andina de la señora Dalloway, Juana salió a abrir la puerta. Todos los asistentes al bautismo entraron: los familiares de los bautizados, el pastor mojado y con una pierna del pantalón embarrada, dos ancianos que entran a paso lento y el señor Eustaquio sobre sus dos muletas, esta vez ayudado por sus familiares.

Todos comen y oran. Piden que los "nuevos hermanos" recen cada vez que puedan, si es que por sus condiciones no pueden llegar a Jauja al culto. Todos ríen por el pantalón sucio del pastor, mientras la lluvia no para de caer. Todos parecen felices como en las reuniones de amigos comunes, parece que de verdad todos creen la historia de que el diablo (literalmente, con ese nombre, el diablo) puso un obtáculo y ellos lo superaron.

Nadie piensa en Guillermo, mirando el río correr sin detenerse como la vida misma. Nadie piensa en que él quiso no estar ahí porque no le gusta la gente o porque simplemente quiere estar a solas. Nadie piensa en que cada uno tiene sus demonios, muy al fondo, y que es ahí en donde hay que pelear más, sin decir nada, sin demostrar nada, solo mirando al río.

sábado 11 de julio de 2009

La señora de la glorieta en la plaza de Jauja




A pasado un día desde la llegada. Como todos los sábados, mi abuela irá al templo adventista para escuchar el culto, el agua helada aún no me es indiferente cuando toca mi cara, mis dientes contrastan su incomodidad con el placer de mi lengua al tocar el agua dulcísima. Luego de un viaje en la maletera de un station wagon junto a una oveja que esperaba la muerte al llegar al mercado, llegamos a Jauja, con un sol quemante en pleno invierno serrano.

Pasé la tarde con mis abuelos hasta las 3pm. Supuestamente mi amigo de una ONG limeña llegaría a las 5, pero los huaicos lo retrasaron. "¿Te vas a encontrar con tus amigos?", preguntan mis abuelitos, que le temen a la ciudad de Huancayo,a donde iré. "Sí", respondo. Luego de encargarle a mi primo que me acompañe, nos despedimos en la glorieta del puente de Jauja. Los pasos que dan hacia el paradero a Pacapaccha han cambiado en los últimos años, ahora las subidas son más empinadas y las distancias más largas que antes para ellos.

Las nubes negras han rodeado al sol que sigue quemando, el viejo sombrero desteñido de mi padre protege mi cara. Lucho llegó a mi casa al día siguiente de mi llegada a Pacapaccha, es el secretario del consejo (las personas con las que quería hablar) y hoy fue al culto adventista. No sé si desde que asiste es que ha recuperado un mejor semblante, es el mejor criador de cuyes del pueblo y participa con entusiasmo en los procesos políticos. Es de eso de lo que hablamos cuando estamos aquí, caminando por las calles del Jr. Junín lleno de comerciantes ofreciendo sus productos bajo toldos de plástico azul.

- Vamos a ver las noticias - dice Lucho acercándose a los periódicos colgados en uno de los lados de la plaza de armas de Jauja.



En medio del día soleado, un repentino viento empuja las primeras gotas de lluvia que empiezan a caer suavemente sobre la calle. Más fuerte, más. Un aguacero. La luz del cielo dejó de ser intensa y las gente corre, abre sus paraguas y otros no hacen nada, acostumbrados a las lluvias de febrero en Jauja. Lucho y Yo corremos hacia la glorieta de la plaza, mi sombrero me protege en algo, el viento amenaza con llevárselo. Una vez guarecidos, esperamos a que pase la lluvia.

Pasado unos minutos, se oyen las pisadas sobre los charcos de agua de una señora pequeñita y de mirada perdida entre las arrugas de su rostro. Lleva un quipi gris (en la que envuelve sus cosas para cargarlas a su espalda) que cubre su camiseta sucia de la selección de fútbol alemana, normalmente las ushcatas con los que se hacen los quipis son mantas de colores impresionantes y muy alegres. Una vez en la glorieta, se saca el paquete pesadamente y lo deja en el piso con dificultad junto a una pequeña corriente de agua que se ha formado. Ayudamos a poner el paquete en un lugar seguro.

Dos señoras ayacuchanas llegan a guarecerse hablando en quechua. Al rato ellas conversan en quechua con la señora, parecen preguntarle cosas. La señora rompe en llanto repentinamente, ellas tratan de calmarla. Finalmente, le dan un sol y la señora les agradece en quechua secándose las lágrimas.

Pasan unos minutos. La gente llega a refugiarse y se va en medio de la lluvia. En medio de todo este movimiento, la señora es como una pequeña estatua parada en medio de la glorieta de la plaza de armas de Jauja. De pronto voltea, como si se diera cuenta de que la observo, y viene hacia mí.

- Dame un sol papi - me dice con una sonrisa.

El pedido tan directo no me da opción a saber qué decir.

- ¿Eres de ayacucho? – me dice

- No tía, soy de Pacapaccha

- Ah, es que pensé por tu bolsa que dice ayacucho

- ¿Tú de dónde eres mamita? - le pregunto

- De Paca papi, dame un solcito pues
La lluvia no ha mermado en nada, continúa a chorros suaves y constantes.

- Tendrás tu chacra, tus pachitos tía

- Sí, tengo unos cuantos... ¿tú con quién vives?

- Con mis abuelos

- ¿Los dos viven? Qué suerte tienes papi... eso debe ser porque se han alimentado bien. Si no te alimentas envejeces rápido como yo... ¿Cuántos años tienen?

- 79

- Waaaaa... ya mayor

La conversación es amistosa y alegre. Pero luego de esa respuesta, la señora vira la mirada un momento hacia afuera de la glorieta, como mirando la lluvia, cada gota que golpea las tejas de la glorieta. Voltea nuevamente y me mira como si hubiera pasado mucho tiempo en ese instante, se le ve cansada.

- ¿Tú crees que yo llegue a esa edad?

- ¿Cuántos años tienes tía?

- 69... qué te parece, ¿crees que estoy bien o me veo vieja?

- No tía, yo creo que te ves más joven

- ¿Tú no tienes hijos?¿señora?

- No tía - respondo con un poco de gracia

- Mejor es estar solo por un lado

- ¿Por qué tía?

- Para no sufrir

- Hay que buscar una buena mujer tía

- Sí pues papito, tienes que buscarte, si es sacavueltera te va a hacer sufrir, tiene que ser buena

- ¿Tú por qué te quedaste soltera tía?
La mirada vira nuevamente, al parecer ya no a la glorieta, sino al horizonte que no se ve detrás de los cerros.

- De chiquita yo vi de chiquita cómo mi papá le hacía sufrir a mi mamá, yo no quería sufrir como ella. A mí me buscaban de jovencita, pero yo no le hacía caso a ningunos, llorando me rogaban pero yo nada. A mí me han querido pero yo no he querido a nadie.

- ¿No te gustó ninguno?

- No, más bien yo le gustaba a muchos y les hacía sufrir; supongo que por eso ahora yo lloro lo que les hice llorar. Por eso no tengo ni hijos ni padres, ni nada.
Su rostro no expresaba el dolor que se muestra a flor de piel cuando las desgracias acaban de ocurrir, esa historia no parece recorrer más la piel y los recuerdos arrugados de esta señora que me regala esta historia con tanta soltura.
Mi primo, que había estado presenciando todo, me avisa que la lluvia ya ha desminuído.

- Ya vamos, ya está bajando la lluvia

- Sí, ya vamos - respondo

Le doy ochenta céntimos a la señora - era todo lo que podía darle en ese momento - y nos despedimos. Al acercarme ella me estira la mano, yo le doy un beso. Mi primo le da la mano y nos vamos.

- Ya papito, muchas gracias, mucha suerte papito. Yo también en un rato me iré – me dice con la boca temblante y un pequeño halo de luz en su retina.

Me alejo a paso ligero sintiendo las caricias heladas de la lluvia. Nos refugiamos en una bodega para llamar de un teléfono público. Al salir, veo hacia donde estaba la señora. Ya no había nadie, el lugar donde estaba es solamente una espacio vacío en el que la lluvia sigue cayendo. Otras personas llegan a guarecerse o simplemente caminan ignorando la lluvia. La señora es ignorada como la lluvia, pienso mientras busco esa pequeña silueta encorvada y triste que vaga mendigando por las calles de Jauja.