
Pacapaccha vio un amanecer con rocío cayendo lentamente por las hojas que parecen sonreir y un sol que despierta al chihuaco (zorzal en castellano) y su canto de fin de lluvia. "Churi chuwi, más peor", decían los viejos, dándole cómica humanidad al ave. Los abuelos se dan un tiempo para observar la mañana antes de empezar con su rutina, recuerdan y hablan en quechua. El río suena arrullando las historias y el paisaje de incontables tonalidades de verde.
"Pichqacumayo", catarata de Pacapaccha cuyo sempiterno sonido cuenta la historia de tres muertes y la tradición fúnebre de llevar a lavar ahí la ropa de los muertos (o "finados", como los llaman ahí) a los cinco días de su muerte: el pichqacu. Es una hermosa caída de agua que en este día contará la historia del bautismo del señor Eustaquio.
La mañana en la cocina a leña es un poco más agitada que de costumbre. Juana acordó recibir a los asistentes al bautismo con algo de comida. Mete las ramas de eucalipto y los rajados para que el fuego sea parejo; gira todo dentro de la olla, prueba, agrega sal. Tomamos desayuno y comenta que el señor Eustaquio vendrá en carro y verán cómo llevarlo hasta Pichqacumayo. Juana y Guillermo se miran los rostros silenciosos.
"Dice el pastor no llega todavía, cómo pues lo van traer al Eustaquio". Dice Juana atisando el fuego en la vicharra, cuando suena el zaguán con insistencia y Guillermo va a abrir a paso lento. Es la hija de Eustaquio con una olla de tallarines algo secos y calientes.
- Estito pues comerán Juana
- Ya pues, pero acá hay más comida, con eso basta
- Acá también tengo arbejita
La hija de Eustaquio sale hacia la calle apurada. Un poco más tranquila, Juana se sienta a desayunar. A través de las ventanas algo empolvadas, vemos que comienzan a caer las primeras gotas de lluvia.
- Uy, parece que va a llover - dice Guillermo
- Más temprano van venir, les estoy diciendo. El diablo seguro esta diciendo 'a ver cómo haces ahora pues, para bauizarte' - dice Juana.
La lluvia no paró de golpear las ventanas de la cocina donde se encontraban, y no paró hasta varias horas después del almuerzo, que es a la una de la tarde. Guillermo se llevó a pastar a los carneros, plástico en mano para que la lluvia no lo mojara. Sus botas de jebe surcaron los charcos marrones hasta que Guillermo se perdió en entre los árboles.

El río estaba cargado y marrón, arrastraba ramas y lo que encontrara a su paso. Guillermo pensaba en la vida que había pasado subiendo y bajando esa quebrada para llegar al río, más setenta años habían pasado ya. Un carnero baló.
El señor Eustaquio fue recibido en la plaza de Pacapaccha, en plena lluvia. Determinado, se paró sobre sus dos muletas y comenzó su marcha hacia la catarata de Pichqacumayo rodeado de sus familiares, quienes cuidaban que no caiga al piso. Un golpe, dos, retumbaban pesadamente sobre el barro que los acompañantes trataban de pasar con mucho cuidado, sin ensuciarse mucho.
Media hora después, 70 metros de camino lodozo y piedras resbalozas habían quedado atrás. Eustaquio vio el agua marrón caer con furia en el pozo natural que se formaba en medio del cerro. Pensó en las historias de los abuelos cuando lavaban la ropa de los muertos ("Aquí comenzará mi nueva vida al lado del señor", pensó). Esto lo impulsó a llegar.
Mientras el pastor y los demás creyentes llegaban al lugar, Eustaquio miraba Pichqacumayo pensativo. De pronto, hubo una carcajada y que se fue esparciendo. El pastor trataba de levantarse inútilmente del barro, cayendo de nuevo y tratando de pararse.
En la casa, Juana miraba la lluvia estrellarse en la ventana. Guillermo miraba las ovejas morder el pasto y refugiarse de la lluvia bajo los paqtis crecidos.
De pronto, como la llegada de la lluvia, sonó el zaguán. "Tía, soy yo", gritó la hija de Eustaquio. Como una versión andina de la señora Dalloway, Juana salió a abrir la puerta. Todos los asistentes al bautismo entraron: los familiares de los bautizados, el pastor mojado y con una pierna del pantalón embarrada, dos ancianos que entran a paso lento y el señor Eustaquio sobre sus dos muletas, esta vez ayudado por sus familiares.
Todos comen y oran. Piden que los "nuevos hermanos" recen cada vez que puedan, si es que por sus condiciones no pueden llegar a Jauja al culto. Todos ríen por el pantalón sucio del pastor, mientras la lluvia no para de caer. Todos parecen felices como en las reuniones de amigos comunes, parece que de verdad todos creen la historia de que el diablo (literalmente, con ese nombre, el diablo) puso un obtáculo y ellos lo superaron.
Nadie piensa en Guillermo, mirando el río correr sin detenerse como la vida misma. Nadie piensa en que él quiso no estar ahí porque no le gusta la gente o porque simplemente quiere estar a solas. Nadie piensa en que cada uno tiene sus demonios, muy al fondo, y que es ahí en donde hay que pelear más, sin decir nada, sin demostrar nada, solo mirando al río.

