sábado 11 de julio de 2009

La señora de la glorieta en la plaza de Jauja




A pasado un día desde la llegada. Como todos los sábados, mi abuela irá al templo adventista para escuchar el culto, el agua helada aún no me es indiferente cuando toca mi cara, mis dientes contrastan su incomodidad con el placer de mi lengua al tocar el agua dulcísima. Luego de un viaje en la maletera de un station wagon junto a una oveja que esperaba la muerte al llegar al mercado, llegamos a Jauja, con un sol quemante en pleno invierno serrano.

Pasé la tarde con mis abuelos hasta las 3pm. Supuestamente mi amigo de una ONG limeña llegaría a las 5, pero los huaicos lo retrasaron. "¿Te vas a encontrar con tus amigos?", preguntan mis abuelitos, que le temen a la ciudad de Huancayo,a donde iré. "Sí", respondo. Luego de encargarle a mi primo que me acompañe, nos despedimos en la glorieta del puente de Jauja. Los pasos que dan hacia el paradero a Pacapaccha han cambiado en los últimos años, ahora las subidas son más empinadas y las distancias más largas que antes para ellos.

Las nubes negras han rodeado al sol que sigue quemando, el viejo sombrero desteñido de mi padre protege mi cara. Lucho llegó a mi casa al día siguiente de mi llegada a Pacapaccha, es el secretario del consejo (las personas con las que quería hablar) y hoy fue al culto adventista. No sé si desde que asiste es que ha recuperado un mejor semblante, es el mejor criador de cuyes del pueblo y participa con entusiasmo en los procesos políticos. Es de eso de lo que hablamos cuando estamos aquí, caminando por las calles del Jr. Junín lleno de comerciantes ofreciendo sus productos bajo toldos de plástico azul.

- Vamos a ver las noticias - dice Lucho acercándose a los periódicos colgados en uno de los lados de la plaza de armas de Jauja.



En medio del día soleado, un repentino viento empuja las primeras gotas de lluvia que empiezan a caer suavemente sobre la calle. Más fuerte, más. Un aguacero. La luz del cielo dejó de ser intensa y las gente corre, abre sus paraguas y otros no hacen nada, acostumbrados a las lluvias de febrero en Jauja. Lucho y Yo corremos hacia la glorieta de la plaza, mi sombrero me protege en algo, el viento amenaza con llevárselo. Una vez guarecidos, esperamos a que pase la lluvia.

Pasado unos minutos, se oyen las pisadas sobre los charcos de agua de una señora pequeñita y de mirada perdida entre las arrugas de su rostro. Lleva un quipi gris (en la que envuelve sus cosas para cargarlas a su espalda) que cubre su camiseta sucia de la selección de fútbol alemana, normalmente las ushcatas con los que se hacen los quipis son mantas de colores impresionantes y muy alegres. Una vez en la glorieta, se saca el paquete pesadamente y lo deja en el piso con dificultad junto a una pequeña corriente de agua que se ha formado. Ayudamos a poner el paquete en un lugar seguro.

Dos señoras ayacuchanas llegan a guarecerse hablando en quechua. Al rato ellas conversan en quechua con la señora, parecen preguntarle cosas. La señora rompe en llanto repentinamente, ellas tratan de calmarla. Finalmente, le dan un sol y la señora les agradece en quechua secándose las lágrimas.

Pasan unos minutos. La gente llega a refugiarse y se va en medio de la lluvia. En medio de todo este movimiento, la señora es como una pequeña estatua parada en medio de la glorieta de la plaza de armas de Jauja. De pronto voltea, como si se diera cuenta de que la observo, y viene hacia mí.

- Dame un sol papi - me dice con una sonrisa.

El pedido tan directo no me da opción a saber qué decir.

- ¿Eres de ayacucho? – me dice

- No tía, soy de Pacapaccha

- Ah, es que pensé por tu bolsa que dice ayacucho

- ¿Tú de dónde eres mamita? - le pregunto

- De Paca papi, dame un solcito pues
La lluvia no ha mermado en nada, continúa a chorros suaves y constantes.

- Tendrás tu chacra, tus pachitos tía

- Sí, tengo unos cuantos... ¿tú con quién vives?

- Con mis abuelos

- ¿Los dos viven? Qué suerte tienes papi... eso debe ser porque se han alimentado bien. Si no te alimentas envejeces rápido como yo... ¿Cuántos años tienen?

- 79

- Waaaaa... ya mayor

La conversación es amistosa y alegre. Pero luego de esa respuesta, la señora vira la mirada un momento hacia afuera de la glorieta, como mirando la lluvia, cada gota que golpea las tejas de la glorieta. Voltea nuevamente y me mira como si hubiera pasado mucho tiempo en ese instante, se le ve cansada.

- ¿Tú crees que yo llegue a esa edad?

- ¿Cuántos años tienes tía?

- 69... qué te parece, ¿crees que estoy bien o me veo vieja?

- No tía, yo creo que te ves más joven

- ¿Tú no tienes hijos?¿señora?

- No tía - respondo con un poco de gracia

- Mejor es estar solo por un lado

- ¿Por qué tía?

- Para no sufrir

- Hay que buscar una buena mujer tía

- Sí pues papito, tienes que buscarte, si es sacavueltera te va a hacer sufrir, tiene que ser buena

- ¿Tú por qué te quedaste soltera tía?
La mirada vira nuevamente, al parecer ya no a la glorieta, sino al horizonte que no se ve detrás de los cerros.

- De chiquita yo vi de chiquita cómo mi papá le hacía sufrir a mi mamá, yo no quería sufrir como ella. A mí me buscaban de jovencita, pero yo no le hacía caso a ningunos, llorando me rogaban pero yo nada. A mí me han querido pero yo no he querido a nadie.

- ¿No te gustó ninguno?

- No, más bien yo le gustaba a muchos y les hacía sufrir; supongo que por eso ahora yo lloro lo que les hice llorar. Por eso no tengo ni hijos ni padres, ni nada.
Su rostro no expresaba el dolor que se muestra a flor de piel cuando las desgracias acaban de ocurrir, esa historia no parece recorrer más la piel y los recuerdos arrugados de esta señora que me regala esta historia con tanta soltura.
Mi primo, que había estado presenciando todo, me avisa que la lluvia ya ha desminuído.

- Ya vamos, ya está bajando la lluvia

- Sí, ya vamos - respondo

Le doy ochenta céntimos a la señora - era todo lo que podía darle en ese momento - y nos despedimos. Al acercarme ella me estira la mano, yo le doy un beso. Mi primo le da la mano y nos vamos.

- Ya papito, muchas gracias, mucha suerte papito. Yo también en un rato me iré – me dice con la boca temblante y un pequeño halo de luz en su retina.

Me alejo a paso ligero sintiendo las caricias heladas de la lluvia. Nos refugiamos en una bodega para llamar de un teléfono público. Al salir, veo hacia donde estaba la señora. Ya no había nadie, el lugar donde estaba es solamente una espacio vacío en el que la lluvia sigue cayendo. Otras personas llegan a guarecerse o simplemente caminan ignorando la lluvia. La señora es ignorada como la lluvia, pienso mientras busco esa pequeña silueta encorvada y triste que vaga mendigando por las calles de Jauja.

martes 5 de mayo de 2009

La llegada



Un pequeño dolor de cabeza recorre de un lado al otro mi cabeza mientras miro la noche de la ciudad de Jauja a través de las lunas empañadas del bus, la misma ciudad que he visitado tantas veces y que ha cambiado tan poco, pero a la vez tanto, cuando me la cuenta mi abuelo, quien me está esperando en la estación.

Al bajar junto a los demás pasajeros, mi abuelo trata de verme, pero su problema de la vista lo hace dudar de si soy yo o no y solamente espera el apretón en el brazo que le doy para saludar. Mi abuela me mira con un rostro con la misma expresión de siempre, la que siempre parece ser la misma y que son sus ojos los que lo dicen todo en momentos diferentes, su abrazo me devuelve a cada a año que he pisado esta tierra, antes de llegar a Pacapaccha.

"Alexito, cómo has estado Alexito, estás flaco oye ah...", me dice mi abuelo con su voz de broma feliz. Le han pedido al taxtista que los espere, a las 8 dejan de ir a Pacapaccha, tenemos 15 min para llegar. LLegamos y recorremos la ruta de siempre, la ciudad vacía bajo las luces naranjas, la laguna de Paca y la subida por la carretera: siempre la última prueba para pasar el soroche.

Al bajar, el frío se cuela por entre la ropa mientras mi abuelo quiere cargar mis maletas. "No, yo lo llevo", le digo tratando de hacerme al fuerte. El olor a eucalipto y el sonido de los árboles meciéndose es lo único que nos acompaña antes de llegar a la puerta donde están grabadas las iniciales de mi bisabuelo (A / M - Adolfo Magro) donde al tocar, nos recibe Xilgero, nuestro perro blanco y negro, nieto de Bandido, un antiguo y conocido perro con la mitad de la cara blanca y la otra negra.

-¿Cómo está tú mamá, tu papá, todos sin novedad? - pregunta abuelo y abuela.
-Sí, todos bien, mandan saludos
-Hijito, te prepararé huevo frito, con papas fritas...
-Ya mamá gracias - respondo sin poder resistir los huevos de corral

Trago el platillo como si fuera la última vez que comeré algo, no hubo almuerzo ni desayuno por el apuro de llegar temprano a Yerbateros. Pienso: este mismo día estuve pisando el concreto de la ciudad de Lima y respirando su aire plomo como su cielo dominado por el impulso de consumo; ahora estoy sentado sobre un pellejo de carnero y comiendo huevo frito y papas que fueron sacadas a unos metros de la tierra.

Las tejas que cubren nuestra casa de tapia (adobes enormes y gruesos) y cemento ven moverse las nubes en la noche: se están juntando como tramando algo. "Es época de lluvia, ha estado lloviendo bien fuerte", comenta mi abuelo Guillermo.

- ¿Cuánto tiempo vas a estar hijo? - pregunta mi abuela
- yo creo que hasta la segunda semana de marzo
- Ah ya, vas a saludar a tus primos, a tus tíos
- Claro, sí, justamente también quiero hablar con ellos a ver si podemos hacer algo con las autoridades, un proyecto para ayudar al pueblo
- Esos que van a ayudar...
- Déjalo pues - reclama mi abuelo
- No ayudan pues...

Mientras termino mi plato y recibo una taza de menta caliente, pienso que es la primera cosa desalentadora que recibo. Bueno, tendré tiempo para pensar y hacer contactos con el PASDI, una institución de Huancayo que trabaja en todo el Valle del Mantaro, a ver si pueden apoyarme en algo. Antes de venir escuché que llegaron al pueblo hombres de una minera, querían comprar árboles a los comuneros por 10 soles cada uno, eucaliptos enormes.

Es hora de dormir, son ya las 9 am, muy tarde ya. Antes de entrar a mi cuarto, detengo los pasos que hacen sonar las tablas del segundo piso, miro por la azotea la tenue luz blanca del alumbrado público de Pacacpaccha que se pierde en la irreconciliable oscuridad de la noche. Al fondo, las luces en la orilla de la laguna de Paca se pierden al final del Valle del Mantaro, se ve claramente la ciudad de Jauja, la misma de siempre, pero a la vez tan diferente.

- Hasta mañana abuelitos - digo antes de acostarme en la misma cama de siempre, con los pellejos de carnero debajo. Miro el techo a oscuras, distinguiendo el enorme tronco de eucalipto que soporta todo el techo de la casa, un eucalipto como el que está en todo el valle y que tarda 30 años en crecer.